La relación entre México y Estados Unidos es única en el mundo. Por el momento, atraviesa una etapa singular: nunca había sido tan intensa la interdependencia económica y, al mismo tiempo, tan evidente la tensión política. El gobierno de Claudia Sheinbaum ha encontrado en Donald Trump a un interlocutor difícil de predecir, pero ha evitado hasta ahora una confrontación abierta. La estrategia mexicana parece descansar en una fórmula sencilla: cooperar donde sea indispensable, negociar donde sea posible y marcar límites cuando esté en juego la soberanía. Esto lo ha hecho bien la presidenta mexicana.
No obstante, la prudencia no es suficiente. Washington dispone de instrumentos de presión poderosos. México es vital para Estados Unidos, pero tiene una gran dependencia de su vecino. Aranceles, migración, seguridad y ahora incluso decisiones administrativas que afectan a sectores específicos de la economía mexicana forman parte de una relación en la que Estados Unidos suele llevar la iniciativa.
El episodio reciente de la suspensión de inspecciones para exportar aguacate desde Michoacán es ilustrativo. Una decisión estadounidense vinculada con amenazas a sus intereses produjo consecuencias económicas inmediatas en México y obligó al gobierno mexicano a reforzar la presencia militar en la región.
Pero el gran tema de fondo es la negociación del T-MEC que está en marcha. De eso depende el destino de millones de personas y de una enorme masa crítica de intereses y activos económicos de ambos países que merecen el mayor cuidado y atención preferente. Confiamos en que habrá de llegarse a buen puerto y que seguirá la cooperación entre ambos socios comerciales, interdependientes y buenos vecinos.
